“Las palabras del imprudente son como golpes de espada, pero la lengua del sabio trae alivio.” – Proverbios 12:18 NVI
Al crecer en el medio oeste, recuerdo vívidamente una tarde fría en pleno invierno. Rodeados de nuestros amigos del vecindario, mi hermana mayor y yo empezamos a discutir sobre si la lengua de una persona se pegaría o no a la cerca metálica del patio trasero con temperaturas bajo cero.
Me da vergüenza admitirlo, pero caí en la famosa “tercera y definitiva” apuesta. Con duda, saqué la lengua y la pegué a la cerca. Y sí, se quedó pegada. No fue uno de mis mejores momentos.
Todos salieron corriendo, riéndose a carcajadas… todos menos yo, por supuesto. Ahí estaba, abandonado, completamente aterrorizado, con la lengua pegada a la cerca. Así que hice lo único que se me ocurrió: con fuerza, tiré hacia atrás para soltarme. Lo que siguió fue un dolor tremendo, pero no solo en mi lengua. También mi orgullo salió lastimado.
Aunque me atrevo a decir que pocos hemos estado en una situación así, todos sabemos lo que es que nuestra lengua nos meta en problemas. Cuando sufrimos el dolor de palabras amargas o crueles, entendemos la verdad del versículo de hoy. También entendemos esa verdad cuando nosotros mismos herimos a otros con nuestras palabras.
Cuando se usan apropiadamente, nuestras palabras tienen el poder de sanar, animar y enseñar. Pero, por el lado contrario, también pueden herir, confundir y avergonzar. Nuestras palabras cargan un enorme impacto, para bien o para mal.
Tomemos como ejemplo nuestros lugares de trabajo. Allí las palabras vuelan como confeti. Desafortunadamente, muchos estamos expuestos a patrones negativos de habla todos los días: desde las palabras humillantes de un jefe enojado hasta el lenguaje grosero de compañeros bulliciosos. Para algunos, rara vez pasa una semana sin escuchar conversaciones sarcásticas o comentarios hirientes de quienes nos rodean.
Es en esos momentos cuando debemos recordar que todas las palabras—las que decimos y las que escuchamos—tienen un impacto. Importa cómo hablamos entre nosotros, especialmente en el trabajo. Cada palabra que decimos nos da la oportunidad de reflejar a Cristo. ¡Y ni siquiera tenemos que estar hablando directamente de Jesús para lograrlo! Aun así, nuestras palabras pueden reflejar honestidad, integridad y bondad. Nuestras palabras son nuestro mayor testimonio en el trabajo.
Profundiza
¿Qué desafíos estás enfrentando en tu trabajo en este momento? Pídele al Señor que te ayude a escoger las palabras correctas para responder a la situación.
Haz un esfuerzo consciente esta semana por hablar palabras que edifiquen a tus compañeros de trabajo en lugar de derribarlos.
7 Preguntas de Reflexión
La toxicidad en las palabras proviene de la abundancia de un corazón tóxico (Mateo 12:35).
¿Estoy siendo negativo respecto a algún aspecto de mi trabajo?
¿Estoy quejándome?
¿Estoy participando en conversaciones que me distraen de mis tareas?
¿Estoy distrayendo a otros de su productividad?
¿Estoy cayendo en chismes o difamaciones?
¿Mis palabras fluyen desde un lugar de orgullo o arrogancia?
¿Estoy siendo crítico con el liderazgo?




