“¡Tengo a la persona perfecta para ti! ¿Estás dispuesto(a) a que te presente a alguien?”
Si eres un adulto soltero dentro de la iglesia cristiana, probablemente más de una persona casada, con la mejor intención del mundo, ha intentado convencerte de que su nieto, su compañera de trabajo, su sobrina o su vecino es exactamente lo que necesitas.
Conozco esa sensación. Durante un par de años fui el único adulto soltero en mi pequeña iglesia. Apenas podía terminar un domingo sin que alguien me preguntara si podía darle mi número a “una excelente muchacha” que conocían. (A lo que siempre respondía: “Eh… ¿al menos puedes decirme su nombre primero?”).
Me sentía completamente señalado. Todos —y cuando digo todos, es todos— parecían decididos a encontrarme esposa. Y no me malinterpretes: sé que sus corazones estaban en el lugar correcto. Eran personas que me amaban y actuaban desde un cariño genuino.
Pero llegó un punto en que comencé a frustrarme. No era que no apreciara lo que intentaban hacer. Ni siquiera que estuviera en contra de que me presentaran a alguien. Lo que me incomodaba era darme cuenta de que estaban viendo mi soltería como un problema que había que resolver.
La Soltería no es Algo que Se Tiene que Arreglar
La raíz del asunto es que gran parte de la Iglesia ve la soltería como una etapa transitoria. Por eso, la frase típica para los solteros suele ser: “Es solo una temporada” o “Encontrarás a tu persona cuando menos lo esperes”. Según esta mentalidad, estar soltero consiste básicamente en dejar de estarlo lo más rápido posible.
Pero la soltería no es un problema que deba solucionarse. Muchas veces, con buena intención, no se perciben los efectos dañinos de estos mensajes. Mensajes que asumen que eres infeliz o estás incompleto si no estás casado. Mensajes que dan por hecho que todos desean casarse. Mensajes que dicen: “Ahora estás soltero, pero tranquilo, tu día llegará… y cuando llegue, tu vida finalmente tendrá pleno valor”.
El apóstol Pablo tiene mucho que decir sobre el valor de la vida soltera:
“Quisiera que estuvieran libres de preocupaciones. El soltero se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradarlo. Pero el casado se preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su esposa; sus intereses están divididos. La mujer no casada, lo mismo que la virgen, se preocupa de las cosas del Señor: anhela ser santa tanto en cuerpo como en espíritu. En cambio, la casada se preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su esposo. Les digo esto por su propio bien; no para ponerles restricciones, sino para que vivan con decoro y plenamente dedicados al Señor.” – 1 Corintios 7:32-35 (NVI)
La intención de Pablo no es enfrentar el matrimonio contra la soltería ni decir que uno es mejor que el otro. Hay bendiciones que el soltero tiene y el casado no, y viceversa. El punto es que ambos son llamados dignos. Ambos ofrecen oportunidades únicas —e igualmente valiosas— para honrar y servir al Señor.
Aun si deseas casarte algún día, la soltería no es una sala de espera que debes atravesar apresuradamente para llegar a “algo mejor”. La soltería es un regalo. Es un tiempo para dedicar tu corazón y tu mente al Señor con libertad. Es un tiempo para crecer en independencia. Para invertir en tus dones, en tu familia, en tus amistades y en tu vocación.
¿Grupos de Solteros… o Grupos Prematrimoniales?
Parecería que la forma más obvia de cuidar a los adultos solteros en la Iglesia es crear más grupos de solteros… ¿verdad? Muchas iglesias tienen este tipo de grupos: algunos separados por género, otros mixtos. Sin embargo, en muchos casos son dirigidos por matrimonios y se enfocan principalmente en preparar a los miembros para el matrimonio, y nada más.
Este modelo perpetúa la idea de que las personas solteras están incompletas hasta encontrar cónyuge. Minimiza lo que cada uno ya aporta —los talentos, habilidades y llamados con los que Dios los ha equipado para servir a Su Reino.
Necesitamos un Mejor Modelo
Para ser claros: no hay nada de malo en que una persona soltera que desea casarse se prepare para esa etapa. De hecho, la Iglesia debería brindar espacio y acompañamiento para ello.
Pero esa no debería ser la única manera de cuidar a sus miembros solteros. La Iglesia debería fomentar intencionalmente comunidades diversas que celebren a cada persona por quién es y por el lugar donde está hoy, no solo por el lugar al que podría llegar algún día.
Por supuesto, no podemos ignorar la importancia de compartir con personas que están en nuestra misma etapa de vida. Los matrimonios necesitan otros matrimonios. Los solteros necesitan otros solteros. Necesitamos amistades que comprendan la temporada exacta que estamos viviendo.
Pero como cuerpo de Cristo, todos nos necesitamos. “Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo.” – 1 Corintios 12:27 (NVI)
Los jóvenes necesitan la sabiduría de quienes han recorrido más camino. Necesitamos personas que celebren con nosotros y otras que lloren con nosotros. Necesitamos mentores espirituales. Necesitamos amistades que crucen generaciones y etapas de vida. Necesitamos relaciones familiares. Y sí, también relaciones románticas.
La falta de alguna de estas áreas no nos hace menos valiosos. Más bien, abre la oportunidad de conectarnos más profundamente con el cuerpo del cual —casados o solteros, jóvenes o mayores, hombres o mujeres— somos parte esencial. “En realidad, Dios colocó cada miembro del cuerpo como mejor le pareció. Si todos ellos fueran un solo miembro, ¿qué sería del cuerpo? Lo cierto es que hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decirle a la mano: ‘No te necesito’. Ni puede la cabeza decirles a los pies: ‘No los necesito’.” – 1 Corintios 12:18-21 (NVI)
¡Qué extraño sería el cuerpo de Cristo si todos fueran exactamente iguales!
Gozo y Alegría, Pase lo que Pase
Estoy profundamente agradecido por los hermosos ejemplos de matrimonio bíblico que me rodean. También agradezco a las personas que se preocupan por mi felicidad y mi futuro. Ellos encontraron a su persona y desean lo mismo para mí. Anhelan que experimente el gozo y la plenitud de un matrimonio que honra a Dios.
Pero no quiero que la única forma en que puedan relacionarse conmigo sea intentando buscarme pareja. Quiero que se relacionen conmigo porque compartimos un pasatiempo, porque venimos del mismo lugar, porque amamos la misma música, o porque Dios nos está enseñando la misma lección en esta temporada.
¿Quiero casarme algún día? Absolutamente. Dios lo sabe. Él conoce los deseos más profundos de mi corazón, y confío en que, si están alineados con Su voluntad, Él los concederá. Pero hasta que ese día llegue, quiero que las personas —y la Iglesia— sepan algo: ya soy feliz. Ya estoy pleno. Ya estoy completo en Cristo. No me falta nada.
Así que gracias. Los amo. Pero, por favor… dejen de intentar emparejarme.




